Somos el silencio compartido que consume el fragor de la ciudad.
Atestaste mis pupilas de momentos desordenados y de sonrisas torcidas para que inspiraran mis quimeras. Me enseñaste a derramar vorágines de letras remotas sobre tu lienzo de manera que los hiatos despidieran su narcosis; que lo que realmente importa es aquello que no tiene importancia. A encarcelar los puntos finales de todas nuestras frases y hallar el desenlace en el comienzo que anhela esbozar miles de utopías .
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Olas