martes, 29 de septiembre de 2009

Diario de un mangero.

El verano que empecé a hacer ollies con mi tabla sancheski, aquel patinete naranja de un tale minúsculo y ruedas blandas cilíndricas, en La Manga estaba de moda el windsurf. Hice un curso o dos, en la Escuela de Vela El Galán, y no terminó de engancharme. En cambio, sí que me di al skateboarding. El rollo del windsurf molaba, pero la intendencia era mucho mayor. El Skate era una opción más real, así que una vez que vi la peli de Tony Hawk y me compré una camiseta de Alva Skates color violeta con el símbolo ovalado de Alva, estaba listo, y ahí pasé cinco años de carrera skater. Me quedé en el impossible front foot, y un buen Ollie Sad bajando los tres escalones de Santa Isabel, cuando la plaza era el Skate park murcianístico por excelencia. Salvando las distancias, todo empezó en el mar, y terminó en las calles, como les pasó a Stacy Peralta, Tony Alva, y Jay Adams, este tercero quien encarnó el verdadero espíritu skater de los noventa, como nos contó Peralta en Los Amos de Dogtown.

De vez en cuando saco de la parte de la corteza cerebral en la que se guardan los buenos recuerdos aquella vida skater, y la saboreo. Pero lo que me hizo recordar aquellos años Sancheski, los verdaderos comienzos de mi legislatura skater, cuando surcaba el Mar Menor con mi vela de la escuela y no quería cambiar de dirección por miedo a no saber dar la vuelta, fue un paseo manguero en la playa del Galúa. Hacía muchos años que no paseaba por allí. Había un levante fuerte, con banderas rojas en cada puesto de socorristas, y buenas olas. La verdad que antes de llegar a la playa del Galúa pensé que aquellas olas eran surfeables, pero en plan Mundaka.
Cuando llegué a cien metros del hotel empecé a ver a decenas de surferos montando sus tablas, con sus monos sobre el mar, remontando las olas hasta el final del enorme espigón que forma el hotel.

Había muchos. Más de 30, y formaban una imagen inaudita para un ex skater como yo, con mis lorzas de padre nuevo, y mi rojo quemazón en la espalda. Allí estaban, nadando con sus tablas detrás de las olas, esperando el momento. Me acerqué emocionado. Surfeaban casi todas las olas, y algunas, con recorrido, que se plantaban en la orilla después de remontar la cresta hasta cinco y seis veces. Surf in La Manga, pero de todas todas, que parecía aquello el rodaje de una serie de esas australianas de adolescentes rubios guapos cuadrados y chicas, con los grupos en la playa, y las tablas clavadas en la arena, y los neoprenos ajustadicos, y las tablas pulidas guapísimas, y aquellas olas de metro y medio y más de 25 metros surfeables, en la playa del Galúa, esa donde todos los años muere algún bañista, por las corrientes.

Me quedé allí un buen rato, mientras atardecía, el levante no amainaba, y los surfistas volaban por el Mar de La Manga. Al volver paseando, recordé los primeros ollies en el sancheski, y el dolor en los brazos tras una tarde de windsurf en el Mar Menor, silbando aquel tema, Come out and play, de Offspring, que nos poníamos en el walkman para recorrer las calles de Murcia sobre una tabla. ¿Sabías que se hace surf en La Manga?


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Anónimo
:)

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